lunes 7 de noviembre de 2011

Les visages du mélodrame: "Del rosa al amarillo"

Del rosa...


...al amarillo


Pedro Díez del Corral y Lina Onesti en 
"Del rosa al amarillo" (Manuel Summers, 1963)

jueves 3 de noviembre de 2011

martes 1 de noviembre de 2011

Reflexiones: W de Welles (Orson)

No soy capaz de intuir, de atisbar, de sentir la más mínima chispa de cercanía, de emoción, de vida, en el cine de Orson Welles. 

No intento, en modo alguno, ejercer de uno de esos iconoclastas que tanto abundan actualmente entre la crítica cinematográfica más intransigente, capaz de tumbar con un solo golpe de tinta la obra de un cineasta simplemente porque toca, porque es la moda, porque ahora conviene su sacrificio para aupar al nuevo genio o al nuevo descubrimiento de turno. Simplemente ocurre que, en mi opinión, el de Welles es un cine sin sentimientos. Como espectador, como cinéfilo, me ahogo suplicándole un oasis de ternura, una caricia. Sus imágenes no se sitúan frente a mí sino por encima de mí: no me dejan tocarlas, sentirlas, vivirlas, porque cada fotograma reivindica su prepotencia, su supremacía, su genialidad y nada entienden de humildad ni del descenso a la tierra donde descansan mis pies. 

"Sed de mal" ("Touch of evil", Orson Welles, 1958)

Su cine me parece terriblemente antipático, arisco, desolador, frío, gélido, pero a diferencia de otros muchos directores que también fundaron sus obras sobre un témpano de hielo no alberga en su interior un volcán que conecte con lo humano y se reconcilie con él. No hay consuelo emocional donde refugiarse: no conoce ni sabe -lo recalco- de sentimientos. Ni le importan. Es autor de un cine egoísta, ególatra, egomaníaco: es él, él, él y después él, autoconsciente en todo momento de un poderío donde los grandes temas y autores (Shakespeare) no son más que meros pretextos para poner en marcha su artillería pirotécnica. Es como un monstruo de Frankenstein sin corazón, sin vísceras, sin alma.

Necesitaba expresar mi vivencia del cine de Welles (Orson), liberarme de él, sepultarlo bajo toneladas de películas e infinidad de autores que le antepongo en todos los aspectos y sentidos imaginables. Borges escribía sobre Ciudadano Kane: "Adolece de gigantismo, de pedantería, de tedio. No es inteligente: es genial en el sentido más nocturno y más alemán de tan mala palabra". Yo extendería tal apreciación, sin la menor compasión, a gran parte de su obra.

martes 25 de octubre de 2011

domingo 16 de octubre de 2011

Reflexiones: "La cabina", la crisis y nosotros

Desde que "La cabina" se estrenó en televisión a comienzos de la década de los setenta, y pese a que la intención de su director, Antonio Mercero, y su coguionista, José Luis Garci, fue la de no explicitar lectura alguna de la historia de su mediometraje (un hombre se queda encerrado inexplicablemente en una cabina telefónica hasta que es transportado, dentro del habitáculo, a un apartado lugar donde le aguarda el mismo terrible destino que otras muchas personas en su misma situación tuvieron antes que él), las interpretaciones de esta celebrada pieza no han dejado de sucederse: hubo quienes vieron en ella una alegoría sobre el servicio de la por entonces estatal Telefónica; otros, una metáfora del ciudadano español respecto a la dictadura franquista. Lo cierto es que tanto Mercero como Garci acertaron plenamente cuando decidieron dejar en un inquietante y asfixiante enigma su magistral relato, convirtiéndolo para siempre en un artefacto intemporal, vigente en cualquier época y para cualquier tema al que oportunamente pudiera asimilarse.


¿Qué tiene que aportar "La cabina" a este siglo XXI? Desde mi punto de vista, mucho. Tras volver a ella, resulta escalofriante cómo la pesadilla sufrida por un genial José Luis López Vázquez puede extrapolarse a la situación de crisis financiera global que se sufre desde hace varios años. Al igual que su personaje, todos vivimos encerrados dentro de una cabina flanqueada por los cristales de una crisis. A diferencia suya, sabemos los motivos de nuestro encierro pero, como le ocurre a él, desconocemos hacia dónde nos lleva.

Un ente abstracto, eso que denominan mercados, ha desmontado nuestra cabina de nuestro bienestar y nos transporta dentro de ella donde se le antoja. Nuestra voluntad y la de nuestros gobiernos (aunque éstos, al fin y al cabo, se erigen en colaboradores necesarios del ente, en sus esbirros, en sus ejecutores visibles) está sometida a su trayecto, a un trayecto de momento sin fin, lleno de curvas, de recovecos, de carreteras secundarias, de senderos secretos. Presenciamos a otras personas, a millones de personas en nuestra misma situación: todos encerrados, desorientados, presos de una angustia permanente, del miedo.


A López Vázquez de nada le sirvió gritar y golpear una y otra vez, infructuosamente, los cristales que lo encarcelaban en su cabina. Miraba el exterior unas veces asombrado, otras aterrorizado, incluso otras invadido por la nostalgia. Y cuando su cabina transportada se adentra en un túnel que desemboca en una nave subterránea, le invade la expectación, la posibilidad de llegar quizás al desenlace de su ilógica situación. Pero su fin es la nada: dejarse pudrir, dejarse consumir por la inacción, dejarse aniquilar lentamente en un oscuro lugar como tantos otros que le han precedido, aceptando el designio, el capricho, el plan de no se sabe qué o quién.


Desde el 15 de mayo de 2011, la ciudadanía indignada por su encierro en la cabina de la crisis golpea fuertemente con su dignidad, con su deseo de justicia, con sus pancartas, con sus lemas, la cristalera que la encierra, movilizándose en acampadas, en manifestaciones espontáneas, en concentraciones. Mientras tanto, nos siguen transportando, obviando nuestro potencial, tratando de anularnos a partir del miedo, de la desorientación, de la confusión... pero nos hemos empeñado en no cejar, en persistir, en continuar golpeando la cristalera de nuestras cabinas con la única solución, la única alternativa que conocemos para no dejarnos conducir, manipular o dirigir: nosotros mismos.

...Y de nosotros depende seguir porraceando más y más para quebrar de una vez la maldita pared de cristal que nos encierra y escapar del terrible final del personaje de López Vázquez y sus predecesores. Definitivamente, más que nunca, "La cabina" es una obra de arte (porque el Arte también conduce a la libertad) a tener más en cuenta que nunca. 

miércoles 12 de octubre de 2011

Palabras ajenas: Sueños

Ingmar Bergman 

"Cuando era más joven y dormía bien, me torturaban sueños horribles: asesinatos, tortura, asfixia, incesto, destrucción, cólera demencial. En la vejez los sueños son huidizos pero amables, a menudo consoladores"
 
Un sueño: "Estoy en el plató y voy a rodar una escena. Todos están allí, actores, operadores, asistentes, electricistas, extras. Por algún motivo no puedo acordarme del texto del día. Tengo que mirar incesantemente mi guión. Allí veo réplicas incomprensibles. Me vuelvo hacia los actores con una fanfarronada, les digo algo acerca de pausas: Haz una pausa y vuélvete hacia la cámara, luego dices la réplica, espera, dila en voz baja.

El actor me mira con desconfianza, pero sigue obedientemente mi indicación. Lo contemplo a través de la cámara, veo sólo media cara y un ojo que me mira fijamente. Esto no puede estar bien; me vuelvo hacia Sven Nykvist, que está mirando por el visor, enfocando y preparando un zoom. Mientras tanto el actor ha desaparecido, alguien dice que se ha ido a fumar. 

El problema es lograr que todo funcione sobre el plató. Debido a mi incompetencia hay un gran número de actores y extras apelotonados en un rincón, oprimidos contra unas parades claras, de grandes dibujos (...)

En mi desesperación decido dirigir un breve discurso al personal reunido. Quiero decirles que llevo trabajando en el cine cuarenta años, que he hecho cuarenta y cinco películas, que busco nuevos caminos, que quiero renovar mi idioma fílmico, que uno debe cuestionar constantemente sus resultados. Quiero subrayar que tengo talento, que soy un hombre con gran experiencia, que el problema con el que me enfrento es una bagatela (...) Es lo que quería decir, pero no sirve de nada. La gente se ha retirado, se ha reunido en el fondo del oscuro estudio. Allí están juntos discutiendo. No puedo oír lo que dicen, sólo veo sus espaldas"

 "Persona" (Ingmar Bergman, 1966)

Luis Buñuel 

"Si me dijeran: te quedan veinte años de vida, ¿qué te gustaría hacer durante las veinticuatro horas de cada uno de los días que vas a vivir?, yo respondería: dadme dos horas de vida activa y veinte horas de sueños, con la condición de que luego pueda recordarlos, porque el sueño sólo existe por el recuerdo que lo acaricia. Adoro los sueños, aunque mis sueños sean pesadillas y eso son las más de las veces. Están sembrados de obstáculos que conozco y reconozco. Pero me es igual" 

Un sueño: "Tengo que salir a escena dentro de pocos minutos a representar un papel del que no sé ni una palabra. Este sueño puede alargarse y complicarse mucho. Yo estoy alarmado, incluso horrorizado: el público se impacienta y silba, busco a alguien, al regidor, al director y le digo: Esto es espantoso, ¿qué hago? Él me responde fríamente que me apañe, que el telón va a levantarse, que ya no puede esperar más. Me ahoga la angustia"