Desde que "La cabina" se estrenó en televisión a comienzos de la década de los setenta, y pese a que la intención de su director, Antonio Mercero, y su coguionista, José Luis Garci, fue la de no explicitar lectura alguna de la historia de su mediometraje (un hombre se queda encerrado inexplicablemente en una cabina telefónica hasta que es transportado, dentro del habitáculo, a un apartado lugar donde le aguarda el mismo terrible destino que otras muchas personas en su misma situación tuvieron antes que él), las interpretaciones de esta celebrada pieza no han dejado de sucederse: hubo quienes vieron en ella una alegoría sobre el servicio de la por entonces estatal Telefónica; otros, una metáfora del ciudadano español respecto a la dictadura franquista. Lo cierto es que tanto Mercero como Garci acertaron plenamente cuando decidieron dejar en un inquietante y asfixiante enigma su magistral relato, convirtiéndolo para siempre en un artefacto intemporal, vigente en cualquier época y para cualquier tema al que oportunamente pudiera asimilarse.

¿Qué tiene que aportar "La cabina" a este siglo XXI? Desde mi punto de vista, mucho. Tras volver a ella, resulta escalofriante cómo la pesadilla sufrida por un genial José Luis López Vázquez puede extrapolarse a la situación de crisis financiera global que se sufre desde hace varios años. Al igual que su personaje, todos vivimos encerrados dentro de una cabina flanqueada por los cristales de una crisis. A diferencia suya, sabemos los motivos de nuestro encierro pero, como le ocurre a él, desconocemos hacia dónde nos lleva.
Un ente abstracto, eso que denominan mercados, ha desmontado nuestra cabina de nuestro bienestar y nos transporta dentro de ella donde se le antoja. Nuestra voluntad y la de nuestros gobiernos (aunque éstos, al fin y al cabo, se erigen en colaboradores necesarios del ente, en sus esbirros, en sus ejecutores visibles) está sometida a su trayecto, a un trayecto de momento sin fin, lleno de curvas, de recovecos, de carreteras secundarias, de senderos secretos. Presenciamos a otras personas, a millones de personas en nuestra misma situación: todos encerrados, desorientados, presos de una angustia permanente, del miedo.

A López Vázquez de nada le sirvió gritar y golpear una y otra vez, infructuosamente, los cristales que lo encarcelaban en su cabina. Miraba el exterior unas veces asombrado, otras aterrorizado, incluso otras invadido por la nostalgia. Y cuando su cabina transportada se adentra en un túnel que desemboca en una nave subterránea, le invade la expectación, la posibilidad de llegar quizás al desenlace de su ilógica situación. Pero su fin es la nada: dejarse pudrir, dejarse consumir por la inacción, dejarse aniquilar lentamente en un oscuro lugar como tantos otros que le han precedido, aceptando el designio, el capricho, el plan de no se sabe qué o quién.

Desde el 15 de mayo de 2011, la ciudadanía indignada por su encierro en la cabina de la crisis golpea fuertemente con su dignidad, con su deseo de justicia, con sus pancartas, con sus lemas, la cristalera que la encierra, movilizándose en acampadas, en manifestaciones espontáneas, en concentraciones. Mientras tanto, nos siguen transportando, obviando nuestro potencial, tratando de anularnos a partir del miedo, de la desorientación, de la confusión... pero nos hemos empeñado en no cejar, en persistir, en continuar golpeando la cristalera de nuestras cabinas con la única solución, la única alternativa que conocemos para no dejarnos conducir, manipular o dirigir: nosotros mismos.
...Y de nosotros depende seguir porraceando más y más para quebrar de una vez la maldita pared de cristal que nos encierra y escapar del terrible final del personaje de López Vázquez y sus predecesores. Definitivamente, más que nunca, "La cabina" es una obra de arte (porque el Arte también conduce a la libertad) a tener más en cuenta que nunca.